fbpx
COVID-19

Más allá de las imágenes espectaculares que podrían esperarse, hay personas y cada una tiene su historia. De sus procesos, su dolor, su adaptación o resiliencia frente a la pandemia. De cómo viven y enfrentan estos momentos fuera de cualquier noción de normalidad.


Los abuelos

Cuauhtémoc Moreno

Mérida, Yucatán.- Ellos son mis abuelos. Más que eso, han sido mis padres a lo largo de mi vida. Doña Emma Noemi Soberanis Guillermo y don Artemio Cabrera Novelo, ella de 83 años y él de 85, han sido un matrimonio a lo largo de 66 años y, por más de 40 de ellos, ambos han vivido con diabetes y sufrido otras enfermedades, lo que los coloca en el grupo de alto riesgo durante esta pandemia mundial.

Durante los días finales de marzo, don «Mozo», como es popularmente conocido, sufrió una infección que lo colocó muy cerca de la muerte. Estuvo internado 8 días en una clínica particular, donde se registró uno de los casos de COVID-19 más sonados en la ciudad de Mérida: una señora no dijo que previamente había sido detectada con el virus e hizo que, al menos a 8 personas del hospital, entre doctores, enfermeras y un camillero tuvieran que permanecer en cuarentena. El miedo de la familia se dejó sentir cuando la noticia llegó y a sabiendas que estaban en el mismo hospital. Por fortuna, lo dieron de alta y ahora se recupera lentamente.

Mis abuelos tuvieron una familia de 5 hijos, 3 hombres y 2 mujeres. Durante su estadía en el hospital su esposa no pudo verlo por el temor de resultar contagiada por el virus. Ahora que está de regreso, doña Emma Noemi se encarga de alimentar a su esposo y de algunas tareas sencillas que la edad aún le permite hacer. Ellos viven en casa de una de sus hijas y los cuidados se han intensificado por la epidemia y las restricciones de visitas familiares.

La abuela es un ejemplo claro de amor y dedicación pues siempre ha estado ahí junto a su esposo y más ahora que no puede valerse por sí mismo pues la enfermedad ha cobrado factura a lo largo de los años. Solía visitar a los abuelos seguido, varias veces por semana pero ahora se ha reducido a lo mínimo por el temor de estar en la calle y poder llevar el virus a su casa. Estamos en el tiempo de lo irónico, en la etapa que el amor que sientes hacia tus seres queridos se transforma a, mientras más lejos, mejor.


Valeria y el sueño de ser bailarina

Fabyola Rosales

Valeria Vidaurri tiene 17 años, es originaria de Guadalajara, Jalisco. Actualmente es estudiante en la Universidad de Guadalajara (UdeG), cursa el bachillerato en la prepa de El Salto, poblado donde vive con sus padres a 40 minutos de la ciudad.

Desde los 8 años toma clases de ballet como una actividad recreativa en el pueblo donde vive. Desde entonces ha desarrollado su potencial al grado de pensar dedicar su vida a esta disciplina, la cual practica con pasión y empeño desde hace ya nueve años.

Una vez obteniendo la madurez y crecimiento en la danza, con el apoyo de sus padres, hace cerca de un año decidió participar en un casting para ingresar a la Escuela Municipal de Ballet de Guadalajara, donde después de pasar por varios filtros quedó seleccionada y desde entonces se traslada tres veces a la semana a dicha institución.

Cuando comenzó la epidemia del COVID-19 las cosas cambiaron para ella como para todos, ahora sus profesores de ballet dan las clases en línea y se ha tenido que ir adaptando a esta modalidad y seguir practicando por su cuenta, lo que la llevó ha tomar su casa como parte de su estudio para no perder condición, ya que, el ballet es de las artes más exigentes y severas y su belleza y perfección sólo se logran trabajando duro y practicándolo regularmente, por lo que, Valeria ya sea en el comedor, el corredor de su casa o la azotea, ha logrado seguir llevando a cabo sus prácticas ayudada de su laptop, celular y una pequeña bocina, aguantando hasta que todo indique que podemos volver a la llamada “nueva normalidad”.


Parteras fronterizas

Fabiola Solano

 


Morir de hambre o de covid 19: Jornaleras agrícolas de la montaña de Guerrero

Lenin Mosso

Tlapa, Guerrero.- Mujeres que nacen a ras de la tierra y crecen en los surcos como Guadalupe Basurto Bonilla, quien desde pequeña acompañó a sus padres a los campos agrícolas de Sinaloa. No tuvo oportunidad de estudiar porque para sus padres fue más urgente trabajar para comer que mandar a su hija a la escuela con el estómago vacío.

Los jornaleros agrícolas de la montaña de Guerrero, cada año salen expulsados por la pobreza, la marginación social que históricamente los ha tenido. De acuerdo a las cifras del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, cada año salen cerca de 30 mil personas a los campos agrícolas del norte y del Bajío.

Guadalupe pasó su infancia hacinada en las galeras de los campos agrícolas. Desde pequeña cargó sobre su espalda a sus hermanos menores. No conoció los recreos en un jardín de niños pero sí las arduas jornadas de trabajo arrullando sobre zanjas a los  que eran más pequeños que ella.

Paulino Hernández Reyes responsable del área de jornaleros de Tlachinollan comenta en entrevista: “Es paradójico que en tiempos de la pandemia aumente la salida de los jornaleros agrícolas que el año pasado en esta temporada,  algunos motivos de que se les han terminado los granos básicos de su comunidad, ademas de la falta de empleo que se a suscitado, y los costos elevados de los diferentes productos de la canasta básica lo cual ha repercutido en sus gastos económicos de la familia y los programas gubernamentales no han llegado para esta población por ello  deciden jugársela en esta contingencia de COVID-19. ”. “Por ejemplo del mes de febrero a mayo han salido 2200 personas a los campos del norte del país, el año pasado en esas temporadas salieron por mucho unos 1500 según los registros que tenemos”.

Con el sol a plomo aprendió a recolectar en cubetas el chile jalapeño. Ahí aprendió los números y también el castellano. El campo agrícola fue su escuela, los capataces y supervisores fueron sus maestras.

Guadalupe forma parte de las mujeres indígenas que nadie ve cuando pasan por las ciudades. No sabe lo que son los días de descanso, porque los domingos tienen que buscar varas para hacer la comida, tiene que lavar la ropa en los canales contaminados por los pesticidas y bañar a los niños.

Por la pandemia que azota el país, algunos campos agrícolas cerraron porque se presentaron casos de contagio de COVID-19 o porque los patrones decidieron cerrar, por ello muchos jornaleros están regresando a sus comunidades de la montaña, sin la garantía de salubridad ante su regreso.

Embarazada de su tercer hijo, Guadalupe regresó de Villa Unión, Sinaloa, el pasado 10 marzo a la comunidad de Santa María Tonaya, municipio de Tlapa. Los planes cambiaron repentinamente ante la imposibilidad de sembrar maíz en esta temporada. Hace dos semanas salió de Tlapa rumbo a Zacatecas, llegó al campo agrícola Río Florido, para trabajar en el corte de chile.

El día sábado 16 de mayo, Guadalupe entró al hospital de Fresnillo. El domingo 17 se le complicó el parto y le tuvieron que realizarle una cesárea. Estando en el hospital tuvo un ataque de tos por lo que le realizaron la prueba del Covid-19,  resultando positivo e inmediatamente la internaron a un hospital para atender casos de Covid UNEME en el municipio de Guadalupe, Zacatecas.

La situación familiar se ha complicado, sus dos pequeños hijos desconocen el motivo del cual los separaron de su mamá. Tampoco podrá amamantar a su hijo recién nacido y nadie de la familia podrá verla. A sus 25 años de edad, Guadalupe, madre de tres niños ha luchado a brazo partido como jornalera agrícola para ganar entre 100 y 150 pesos diarios, en jornadas extenuantes para asegurar la comida de sus hijos y poder acariciar el sueño de verlos crecer sin el flagelo de la pobreza y la discriminación que ella sigue viviendo.

Todo esto es un ejemplo de lo que pasa con todos los jornaleros de la región de la montaña en el estado de Guerrero que emigran en los estados del norte a trabajar a los campos agrícolas sin ninguna medida de protección y salud ante la pandemia que afronta todo el país, morir por covid o de hambre es el gran dilema que afrontan las diferentes familias que deben marchar para sostener algún recurso económico.


Cuando la cerveza se volvió «esencial»

 Juan Carlos Cruz

Culiacán, Sinaloa.- A unas horas de que el gobernador de Sinaloa canceló la Ley seca, cientos de personas se volcaron y abarrotaron los expendios de cerveza en Culiacán.

Hombres y mujeres formaron grandes filas para comprar su «ochito» o charolas de botes, a 23 días de que Quirino aplicó la Ley seca para todo Sinaloa con el fin de prevenir contagios masivos del Covid-19. Ahora, en Sinaloa pueden estar cerrados los restaurantes, las papelerías, los grandes y pequeños centros comerciales, pero no los expendios cerveceros.

En Sinaloa el gobierno pudo cerrar mercados y comercios y cercar la zona centro de la ciudad como una medida sanitaria para prevenir contagios masivos, pero ahora autoriza de nuevo la venta de cerveza. En Sinaloa los vendedores ambulantes tienen prohibido vender su mercancía porque no se considera esencial y tienen que recurrir al trueque para sobrevivir, pero sí se puede vender alcohol.

Ahora en Sinaloa, miles de gentes están sin trabajo, sin dinero, sufren por conseguir alimento, pero eso sí, los expendios están abiertos para quien quiera comprar cerveza.


(sobre)vivir en la Ciudad de México

Hans-Maximo Musielik


Rostros Covid

Gabriela Perez Montiel

Monterrey, Nuevo León.- Durante estos momentos de transición, la cual refiere a la aceptación, adaptación y convivencia con el COVID-19, las personas luchan desde sus trincheras; Luchan para ayudar a vivir, para asistir a las personas, otros para sobrevivir. Ahora todos deambulamos con cubrebocas silenciosos. Los diferentes rostros de seriedad se pueden apreciar en todas partes y los ojos del mundo están puestos en los profesionales de la salud, esperando que hagan su trabajo como si fueran magos y en muchos casos en lugar de solidaridad encontramos agresiones, secuestros y asesinatos que van más allá del entendimiento.

Los esfuerzos realizados por parte de los encargados de combatir la epidemia y de ayudar a combatirla como parte de su trabajo tendría que ser de todos. La difícil situación que se está atravesando se lleva de paso al desamparo de quienes necesitan salir a trabajar y poder subsistir «si hoy no salgo a trabajar, no como». ¿cómo se puede enfrentar esto?.

Así se lucha entre la vida y la muerte, entre el hambre y el virus, entre la vida cotidiana y el trabajo obligado, entre el miedo y la enfermedad. ¿Quienes serán los siguientes en contagiarse? ¿Nos vemos unos a otros y pensamos que llevar tapabocas es la nueva moda? Son los rostros Covid; cada quien en un combate interna.


Morir en una pandemia es morir como estadística

David Peinado

La pandemia COVID-19 no sólo ha remoldeado nuestra manera de vivir, sino también la de morir.

La incertidumbre que trae consigo este virus se convierte en realidad cuando nos enfrentamos a la inminente noticia de la muerte de un familiar o amigo, esta realidad que rápidamente muta en impotencia debido a las limitaciones que definen el duelo en tiempos de covid.
No más velorios, no más desfiles de conocidos, amigos y familia política ofreciendo su empatía y condolencias. No más canciones y tazas de café que se llenan al ritmo de las interminables historias del que ya no está. Morir es ahora un proceso precipitado, administrativo y que nos deja con una herida abierta, no sólo por la abrupta ausencia de aquel que se nos fue, sino también porque no pudimos llorar como sabemos llorar.